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Un laberinto irreal donde solo una voz la guio.


Las avenidas de la calle estaban desiertas; el cielo, encapotado, y, de camino, una tormenta inmensa. Ella, en chubasquero y botas altas, arrastraba con ella una maleta llena de recuerdos. Su cuerpo estaba lleno de moratones y heridas, pero cicatrizarían, no como la herida que para siempre tendría en su inmenso y, a la vez, ahora vacío corazón.
                Ese día puso el punto final. Se cansó de oír perdones y "cariño, no volverá a pasar"; se cansó de estar ahogada en pétalos y espinas de las rosas que él le había regalado. Nadie sabía la cantidad de horas y de maquillaje que había tenido que usar para no mostrar ni una de las huellas que aquel infeliz le había dejado. Nadie había sido capaz, aun oyendo los gritos y los llantos, de descolgar el teléfono y llamar a la policía. Nadie había estado allí cuando lloraba desconsolada en una esquina de la habitación. Tuvo que aguantar borracheras a las tres de la mañana; tuvo que soportar verlo con otras y no decirle nunca nada.
                Ese día definitivamente puso el punto final. Era primavera, pero el tiempo no la acompañaba. Caminaba sola por callejuelas estrechas. Las primeras gotas de lluvia empezaron a derramarse sobre su largo y rizado cabello. Abrió su paraguas gris. Los árboles se movían al son del viento. El ruido de los truenos era inmenso, escalofriante. A pesar de todo, no paraba de pensar en él. Aunque estaba ya a bastantes kilómetros de distancia, recordaba muy bien su cara. En el bolso llevaba la única foto que conservaba, pero el tiempo haría que lo olvidara por completo. Los tequieros y las promesas se habían esfumado. ¿Dónde encontraría el amor?
                Dicen que alguien la seguía, una sombra gris, como su corazón, pero a ella no pareció importarle. Fue como si ya la conociera de antes, como si no le importara su presencia.

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Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor, si perdonas, perdonarás con amor.